Mi Testimonio: Dios cuidó de mi vida antes de mi primer aliento

M inombre es Luis Fernando Mattos de la Hoz, nací el 25 de septiembre de 1989 en Sabanalarga, un municipio del departamento del Atlántico - Colombia. Crecí en una familia con poco dinero, pero con convicciones religiosas muy arraigadas.

El comienzo de mi vida no fue fácil. Mi mamá pasó por un embarazo muy duro: mi papá la dejó sola y su propia familia le dio la espalda, además de aguantar necesidades materiales muy fuertes. Cuando apenas tenía siete meses de gestación, un problema hizo que perdiera el líquido amniótico, lo que adelantó mi nacimiento es decir, soy prematuro. En el parto hubo momentos críticos donde ella casi se muere, y los médicos decían que yo no me iba a salvar. En medio de esa angustia tan grande, mi mamá le clamó a Dios y Él le respondió.

Por eso puedo decir con seguridad que el amor y la misericordia de Dios estuvieron ahí desde el primer segundo. Su plan para mi vida empezó a cumplirse desde ese momento, tal como lo dice el profeta Jeremías: «Vino, pues, palabra de Jehová a mí, diciendo: Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones». (Jeremías 1:4-5)

Una infancia diferente, entre el rechazo y los libros

Mi niñez fue muy distinta a la de otros muchachos de mi edad. No me llamaban la atención volar cometas, jugar bolas de uñita o canicas, y nunca aprendí a jugar futbol.

Ese desinterés por lo que hacían los demás hizo que sufriera rechazo y maltrato en la escuela. Me molestaban y me ponían apodos porque me veían débil, y me trataban de amanerado o mariquita. Yo no sabía defenderme, ni siquiera sabia responder con un puño, así que muchas veces era mi hermana menor la que tenía que salir a defenderme.

Aun con todo eso, también tengo buenos recuerdos. En el barrio me juntaba con amigos con los que jugábamos a las escondidas, al quemao o al stop (en una hoja anotabamos palabras de nombres, animales o cosas que comenzaran con una respectiva letra). En ese juego a mí me iba muy bien porque desde pequeño me ha gustado leer, y eso me ayudó a tener un buen vocabulario a corta edad. En el colegio me llamaban para declamar poesías, leer en los actos cívicos o representar a la institución en concursos de lectura, y siempre sacaba muy buenas notas.

Buscando las cosas de Dios

Aunque por dentro era un niño inseguro y con la autoestima baja, sentía una atracción muy fuerte hacia las cosas espirituales. Me gustaba ver programas religiosos en la televisión como «Él puede hacerlo de nuevo» del Pastor Ricardo Rodriguez de la Iglesia Avivamiento en Bogota o «Hechos y crónicas» del Pastor Dario Silva de la Iglesia Casa Sobre la Roca, y a veces me acercaba a ir a escuchar los cultos que la Iglesia Pentecostal Unida de Colombia hacía en el barrio. También leía bastante un Nuevo Testamento que unos hermanos de los Gedeones nos regalaron en el colegio.

En la casa íbamos a la iglesia católica romana, sobre todo en Semana Santa y en las fiestas del pueblo. Aprendí a rezar el rosario, me sabía los mandamientos, los sacramentos y todo el catecismo básico. Además, me llamaba mucho la atención ver las imágenes y cómo eran por dentro los templos.

Todo eso despertó en mí unas ganas sinceras de servir. Me gustava ver como los monaguillos ayudaban al sacerdote en la misa y, a los once años, le dije a mi mamá que yo quería estar ahí. En mi casa se pusieron contentos porque decián que asi comenzo Alexis Mattos y ahora esta en el seminario, y ya pronto será un sacerdote.

El inicio en el altar y las primeras sombras

A los dos años insistí hasta que logramos entrar. En un par de parroquias me dijeron que estaba muy pequeño, pero en la parroquia San Agustín de Hipona de Sabanalarga el padre me recibió con gusto. Me prepararon y comencé a servir en el altar.

Lo que no sabía era que, justo en medio de ese deseo limpio de servir a Dios, me tocaría vivir una experiencia muy oscura. Fue algo que me dejó marcas profundas y dolores con los que me ha tocado luchar por años para poder sanar. Más adelante les contaré mejor los detalles de esta parte.

Pero a la par de eso, también viví cosas muy especiales. Recuerdo las misas de los domingos, la hora santa los jueves y los grupos de jóvenes los sábados, y sobre todo mi experiencia en la Renovación Carismatica, como olvidar las noches de grupo de oración e intercesión, como olvidar las enseñanzas de Nivaldo Romero, la Hna. Mela, Hna. Miriam y entre hombres y mujeres que amarón a Dios en medio de ese movimiento, y que para mi son remanente del Espiritu Santo en medio de la Iglesia Catolica; estoy convencido que los carismaticos de la renovacion son mis hermanos y un día estaremos juntos en la eternidad adorando al cordero sin etiquetas denominacionales.

En ese tiempo hice una amistad muy especial con un joven de mi edad llamado Junior Carrillo Mercado, un compañero con el que compartía el servicio de acolitado y quien me enseñó a tocar la guitarra, bueno los primeros acordes. Y aunque a él nunca le conté las cosas difíciles que guardaba por dentro, hasta el día de hoy lo recuerdo con mucho aprecio.

Todo obra para bien

Mirando hacia atrás, entiendo que Dios nunca me soltó de la mano. Crecí aguantando necesidades, incomprensiones y heridas que dolían mucho, pero Su gracia me sostuvo para no rendirme.

Cada vivencia de esa primera etapa, tanto las alegrías como las lágrimas, formaron parte del propósito que Dios estaba escribiendo en mí. Este es apenas el comienzo de una historia donde Su restauración ha sido real.

«Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». (Romanos 8:28)

Continuara...

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